Por: Ximena Lara.

Colombia atraviesa un momento histórico en la consolidación de la paz y está en manos de todas las instancias sociales, políticas, económicas y culturales del país, construir acciones para un desarrollo sostenible, donde los principales beneficiarios sean los niños, niñas y adolescentes de hoy, esos mismos que se han convertido en unas de las principales víctimas del conflicto armado.

Nuestro país ratificó la Convención de los Derechos del Niño –CDN- y ratificó, a través de la Constitución Política de 1991, el derecho de los niños y niñas a la expresión de sus ideas, sin embargo, solo hasta la primera década del nuevo milenio el tema de la participación infantil y de la ciudadanía de los niños y niñas ha cobrado importancia en la agenda nacional.

No sobra recordar que la Convención reconoce a los niños y niñas como personas capaces, que ya no son, únicamente, objeto de protección de los adultos, sino que se constituyen como “individuos con derecho de pleno desarrollo físico, mental y social, y con derecho a expresar libremente sus opiniones” y que en su artículo 12 introdujo un cambio importante al abordar el derecho de participación de los menores de 18 años: “Los Estados parte garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afectan al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y madurez del niño”.

Lo anterior nos sitúa en un escenario donde los niños, niñas y adolescentes son actores fundamentales  en la construcción del orden social y de su realidad.  Ellos y ellas leen su contexto y están en capacidad de identificar y solucionar desafíos colectivos, de tal manera que, sus aportes sean pertinentes y acordes con la situación que vive su comunidad, es decir, logran que esas soluciones beneficien a muchos.

A diferencia de lo que podemos intuir desde nuestro imaginario en la adultez, acerca de que los niños, niñas y adolescentes solo piensan en juegos, diversión, una fábrica de chocolates, etc., ellos y ellas tienen ideas sobre cómo solucionar desafíos relacionados con el medio ambiente, la cultura, violencia intrafamiliar, abuso sexual, aprovechamiento del tiempo libre entre otros, de manera creativa e innovadora.

Un ejemplo de ello, son las iniciativas relacionadas con la prevención del reclutamiento infantil, prevención de embarazo adolescente o conciencia ciudadana para rescatar el patrimonio cultural de los parques, formuladas por los niños, niñas y adolescentes de Tumaco, en el marco de un proyecto piloto de participación con este grupo poblacional, liderado por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar -ICBF- durante el 2014 en 18 municipios del país, donde ellos y ellas lograron, no sólo proponer soluciones a esos desafíos, sino implementarlas con el apoyo de entidades públicas y privadas que se articularon para hacerlas realidad.

En el marco de desarrollo del proyecto en mención, sobresalen los resultados de las iniciativas del municipio de Riohacha, donde los niños, niñas y adolescentes observaron pertinente resolver desafíos relacionados con inteligencia vial y espacio público, allí la construcción colectiva con los adultos representantes de distintas instituciones y organizaciones posibilitó, además de hacer efectivas las propuestas, exponerlas ante el Consejo Departamental de Política Social de La Guajira, lo que significa la posibilidad de elevarlas a políticas públicas.

Si la población infantil encuentra adultos que validan su voz, se establecen puentes entre unos y otros, como lo afirma Luisa Fernanda Rodríguez, participante del proyecto en la ciudad Tunja: “Nosotros (niños, niñas y adolescentes) nos damos cuenta de que hacemos parte de la sociedad y podemos generar un cambio junto a los adultos a través de ideas para mejorar las condiciones de nuestras familias, comunidad, de nuestra escuela y nuestros barrios. Como sociedad necesitamos los unos de los otros para transformar la realidad”.

Como adultos tenemos un reto de humildad para despojarnos de egos personales, institucionales y nuestras visiones limitadas de mundo que nos impiden escuchar las voces de los niños, niñas y adolescentes.  Tenemos en nuestras manos la oportunidad de fomentar, incentivar y empoderarlos para que sus voces sean escuchadas y más aún, apoyadas  como parte del desarrollo sostenible tras la consolidación de la paz y la reconciliación.

¿Cómo podríamos hablar de solucionar desafíos colectivos de paz y reconciliación, sin tener en cuenta las voces de ellos y ellas? Hoy hacemos un llamado a padres, tíos, abuelos, maestros, dirigentes políticos, empresarios, periodistas y a la sociedad en general, para que pensemos en un país reconciliado con las iniciativas de tantos niños, niñas y adolescentes comprometidos con la paz y el futuro del país, un futuro soñado y anhelado por ellos, ellas  y por todos los colombianos.

Doy gracias al equipo de la organización (Andrea, Olga y Anamaria) quienes desde su experiencia hicieron posible la construcción colectiva de este texto.